El atlas de las nubes

¿O el atlas de las estrellas?

Lana y Andy Wachosky y Tom Tyckwer (2012)

Los hermanos Lana y Andy Wachosky tienen una forma genuina y muy particular de entender el cine, lo demostraron con la saga Matrix y han creado escuela.

El best seller homónimo de David Mitchell ha vuelto a dar alas a su imaginación, culminado un proyecto extraño, difícil y muy ambicioso con la inestimable ayuda de Tom Tyckwer que también se ha implicado en el asunto.

El tema es más que complejo y plantea la eterna pregunta que atenaza a la especie humana desde que el hombre es hombre: ¿Quienes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Planteamiento filosófico, antropológico y científico sin respuesta a pesar de los muchos genios que como Darwin se han quemado trabajando en el intento.

De alguien leí una vez que no éramos más que "polvo de estrellas" (por el planteamiento de Mitchell yo habría cambiado el título de su libro "Atlas de las nubes" por el de "Atlas de las estrellas") y a lo largo del metraje de esta película que pretende rebasar las fronteras de tiempo y espacio, se nos intenta demostrar lo relacionado que está entre sí ese polvo de estrellas. Los actos que hagamos aquí y ahora pueden ser el resultados de otros ocurridos en el pasado y repercutir en los que nos sucederán. Más aún, el diagrama, aparte de su enfoque arriba, abajo; norte, sur; futuro, pasado; también puede tener un enfoque izquierda, derecha; oriente, occidente; constelación de Ganimedes o de Andromeda; qué más da si la conclusión es que nuestra vida no acaba con la muerte definida en la película como "una puerta".

Ojalá esta teoría nos incitara a ser mejores pensando que el bien o el mal que ejerzamos sobre los demás no precisa de premios ni de castigos sino que -simplemente- podría repercutir sobre nosotros mismos. Los hindúes lo llaman karma, los cristianos reencarnación; ¿quién no ha tenido la sensación de conocer ya un determinado lugar o de haber vivido ya una determinada experiencia? Los Wachosky nos dan su compleja interpretación del asunto llamada a ser -estoy seguro- una película de culto.

A.C.

Blue Valentine

Cuando el amor se acaba

Derek Cianfrance (2010)

Fue G. A. Becquer quien dijo aquello de "Los suspiros son aire y van al aire, las lágrimas son agua y van al mar... Cuando el amor se acaba ¿sabes tú a donde va?" Ni él lo supo ni -siglos después- hay humano capaz de responder a su pregunta. Porque los amores terminan tan misteriosamente como se forjaron y no hay que buscar por ello ni errores ni culpables.

Cindy y Dean se enamoran de verdad y su historia de amor dura seis años, los mismos que tiene la hija que han engendrado juntos. Derek Cianfrance, director y guionista que ha pasado varios años estudiando a sus personajes, les somete a una durísima experiencia, haciéndoles vivir juntos una prolongada convivencia en la que filma sin guión sus momentos de amor y sus desavenencias que llegan a la agresión física y por supuesto emocional. Asistimos impertérritos al deterioro irremediable de una unión en la que tienen gran peso específico las relaciones del pasado. Cianfrance mezcla presente y pasado con un excesivo y trémulo baile de flashbacks, pero ha tenido la lógica precacución de rodar con holgada diferencia de tiempo las escenas del pasado de los jóvenes, bellos y enamorados Cindy y Dean, y las de los mismos -años más tarde- decrépitos y desilusionados.

¿Qué hacer para retener el amor? Cianfrance no lo sabe, caso contrario, supongo que muchos casados actuales le pagarían cualquier precio por la receta.

A.C.

Un lado, quizás, demasiado bueno

David O. Russell (2012)

Hollywood está necesitado de incluir en su palmarés alguna pequeña historia que escape de las superproducciones y los megaformatos, una historia sencilla y corriente como las clásicas de antes, que cautiven al espectador. No es de extrañar por ello la lluvia de nominaciones que ha caído sobre este film barato y simplista pero eso sí, infaliblemente americano.

Si la comedia romántica tenía agotado su filón de amor entre personas "normales" ¿porqué no acudir al amor entre personas que lo sean menos, digamos, con algún grado de trastorno? Pat (Bradley Cooper) ha sido dado de alta precipitadamente en un psiquiátrico, Tiffany (Jennifer Lawrence) no está muy cuerda que digamos tras su fallido matrimonio y posteriormente su excesiva y alegre vida sexual. El encuentro entre ambos, extraño y forzado, es -sin embargo- requisito para que comience la historia con final feliz porque así lo narra el guión original y porque así lo pide el público, pero todo un polvorín visto desde una perspectiva real. Pat es un manojo de buenas intenciones sin fondo, Tiffany busca ardientemente luz al final del túnel en el que se ha metido, el premio de ambos: comer perdices.

La vida real es mucho más complicada y nadie puede evadir sus responsabilidades ni fundir sus problemas entre los sudores de un concurso de baile. En ambas familias, clase media americana, nadie trabaja pero tampoco parece sufrir los auténticos rigores del paro.

Sí, sí, si, que todo el mundo tiene derecho a la vida y al amor pero con tanta benevolencia se hace flaco servicio al esfuerzo, a la constancia y al trabajo. Aunque el final es más que previsible, si la película tuviera una segunda parte, por la buena relación de la pareja no apostaría un céntimo.
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